“El ama está impedida”

“Tengo al ama impedida”. Esta es la frase que he escuchado esta mañana y que me ha conmovido de tal manera que me ha hecho escribir esta entrada.

En mi barrio hay de toda clase de pequeño comercio, pero de entre todas las tiendas, la que más me gusta es una pequeña mercería de esas antiguas que ya no quedan, donde puedes encontrar desde agujas de coser hasta parches para la ropa, de esos que nuestras madres nos cosían a las rodillas de los pantalones cuando éramos pequeños.

Esta mañana, al entrar en ese maravilloso recinto con estanterías apiladas de ovillos de lana, conjuntos  de lencería, cajitas de cintas de lazo, hilos, blondas, encajes y un montón de enseres de costura, cuya dependienta de mediana edad parece salida de la peli “Pleasantville” con gafas alargadas y moño sesentero, me he fijado en el señor mayor que estaba delante de mi, en el mostrador.

El hombre era un señor educado, vestido sencillamente y de alrededor de 75 años que solicitaba a la dependienta “unos enganches de esos que las mujeres se ponen en los sostenes para abrochárselos”. Yo que suelo ser muy observadora con el mundillo cotidiano que me rodea y, sobre todo de las personas mayores por las que siento una especial ternura, me he acercado para ver si la dependienta le sacaba lo que el hombre pedía. En mi interior, como buena hija de costurera que soy, he pensado: “corchetes, lo que el hombre quiere son corchetes”. Indudablemente, la dependienta, experta en toda clase de artilugios merceros, enseguida ha sacado una cajita de “corchetes” y se la ha mostrado al hombre: “¿es esto lo que quiere?”, a lo que él le ha contestado: “si, pero deme los más grandes que tenga, mire usted, es que son para cosérselos a una faja que lleva mi mujer puesta para que cuando yo la levanto no se le abra y la pueda sujetar bien. Tengo al ama impedida, ¿sabe?, la tengo que levantar, lavar, darle de comer y volver a acostar”.

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Las dos mujeres que alli estábamos nos hemos quedado sin habla porque el hombre más bien estaba para que lo cuidasen a él, a pesar de su tremenda lucidez y su educación. Yo, que me entrometo en todo lo que me causa pinchazos en el alma, le he comentado que el ayuntamiento ofrece ayudas a la dependencia en forma de asistentes sociales. La respuesta que el buen hombre me ha dado me estremeció: “Es que, mira bonica, ya me lo han dicho. Si yo tengo tres hijas, pero trabajan y soy yo el que debo ocuparme de mi mujer porque ella siempre se ha ocupado de mi y, además, son las 24 horas y quién va a venir a ayudarme…?”. “Pero hombre, le ayudarían unas horas y usted piense que si cae enfermo, sería peor para ella, ¿lo entiende?”, fueron las palabras que pude pronunciar antes de poder deshacer el nudo que ya tenía en la garganta. La dependienta asentía a lo que yo decía y le comentaba que ahora había más ayuda para estos casos.

Tras coger su pequeña compra que consistía en los corchetes e hilo para coserlos, el señor, porque me niego a llamarle anciano, dio las gracias y antes de despedirse nos dijo: “yo tengo un gran dolor de espalda, pero espero poder seguir levantando a mi mujer y acostarla antes de irme yo al otro barrio, es que no quiero que nadie más que yo se ocupe de ella, ¿sabe usted?, que tengan un buen día, vayan con Dios…”.

Después de esto, ya no hay nada más por hoy que me pueda partir el alma. Solo me queda la indignación hacia los políticos que no aportan soluciones sociales verdaderas y una reconfortante esperanza hacia el ser humano, esos que cuidan a sus “amas y amos impedidos”.

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